Acoso sexual en el deporte: Lucía Bastidas Concejal de Bogotá

Acoso sexual en el deporte

En los primeros dos meses y medio del 2019, la Asociación Colombiana de Mujer y Deporte recibió 13 denuncias de acoso y abuso sexual, que correspondían a ocho deportistas de levantamiento de pesas y cinco de lucha.

Estamos en una sociedad desigual, el machismo, el sexismo y la violencia de género son cotidianos. Estos escándalos, por lo general, quedan tapados por el miedo. Uno de los casos más sonados en el fútbol fue la denuncia de Carolina Rozo, fisioterapeuta de la selección sub-17 femenina, contra Didier Luna, el entrenador del equipo por acoso.

Otro fue la denuncia del padre de una de las jugadoras de la Sub-17, John Cano, quien manifestó que el preparador físico, Sigifredo Alonso, intentó abusar de su hija, entrando a la habitación de la concentración e intentando abusar de ella.

En respuesta, las deportistas que denuncian son aisladas, son sometidas a la banca, no las alinean y son señaladas de llamar la atención y de buscar protagonismo.

Históricamente, el fútbol ha sido un espacio de hombres para hombres y en la sociedad colombiana esta práctica futbolera se considera masculina.

Lucía Bastidas Concejal de Bogotá

Las mujeres que practican este deporte se enfrentan entonces a dificultades culturales y sociales para crecer como deportistas.

Una mujer que juega fútbol es vista como la que se aleja de las características, de los comportamientos y actitudes propias de una verdadera mujer.

Son señaladas como las declaraciones que hizo el empresario del fútbol Gabriel Camargo, de “lesbianas, marimachos y toma trago”. Todo esto conlleva a la pérdida de identidad de las jugadoras.

Se puede ser femenina, fuerte, valiente y veloz, cualidades para ejercer cualquier disciplina deportiva de alta competitividad, sin perder su feminidad.

Las relaciones de poder permanecen y se manifiestan de distintas formas: los hombres en el fútbol son los entrenadores, preparadores físicos, son ellos los que dirigen los clubes y las federaciones, son los que quitan y ponen.

A los hombres se les motiva, se les regala el primer balón, la primera camiseta y se les lleva a jugar al fútbol. A las mujeres se les da una muñeca, un biberón, se les motiva a ser madres y amas de casa.

En el fútbol se mantiene el orden social: el hombre domina, decide y es protagonista, y la mujer calla, obedece y está subordinada a las decisiones y órdenes.

Por ejemplo, el señor Álvaro González, directivo de la Federación Colombiana de Fútbol (FCF), quien dijo que la Liga Femenina iba a ser patrocinada por dos empresas colombianas y una extranjera, y después manifestó que ya no lo iban a hacer por las denuncias y el escándalo público que ellas mismas motivaron. “La culpa es de ustedes por las denuncias”, dijo.

Algunos de los testimonios que hemos encontrado por parte de las denunciantes es la lujuria con que las miran, las tocan en broma, hacen comentarios sexuales sobre su apariencia física. Es así como funciona el abuso de poder: intimida, amenaza, chantajea y desprestigia.

Así le pasó a la fisioterapeuta de la Selección Colombia, quien tuvo que soportar sobrecarga laboral y el abuso emocional por rechazar las insinuaciones del entrenador. Y a la jugadora que denunció a través de su padre que no fue convocada a ser parte de la selección.

Otro caso que encontramos en el fútbol colombiano es el de Daniela Montoya quien, al exigir la bonificación de 10 millones de pesos prometidos por la Federación, después del mundial de Canadá 2015, le fue negada la posibilidad de seguir en la selección y no fue convocada a los juegos Olímpicos de Río 2016. Y sus compañeras no hicieron nada al respecto, callaron.

Y los hombres también han denunciado acoso sexual entre árbitros colombianos, que para ser incluidos en los partidos como jueces, son víctimas de exigencias sexuales, como quedó demostrado en el caso de Imer Machado que acusa a otro árbitro, Oscar Julián Ruiz, de exigirle favores sexuales para permitirle ser incluido en las listas arbitrales.

En los casos de abuso sexual en el fútbol y otros deportes reina la impunidad. La mayoría se conocen mucho tiempo después de ocurridos. En ocasiones han pasado 10 o 15 años. Cuando las víctimas superan el miedo de estar bajo el mando de sus abusadores se enfrentan a la falta de pruebas que hace que sean absueltos.

Es fundamental que la política de prevención sea integral, que incluya a los niños y adolescentes que participan del deporte, lo mismo que a sus padres, para advertir a los menores del riesgo que corren.

Para el caso de los adultos debe ser expedido el proceso de denuncia y debe existir protección contra las represalias.

By Wilson Castiblanco

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