Mientras muchos aún duermen, en la Sabana de Bogotá ya hay luces encendidas en los invernaderos. Llegan las 4:00 de la mañana y cientos de hombres y mujeres se alistan para iniciar su jornada en las fincas de Cundinamarca. Sus manos siembran, podan y cortan las flores que, horas después, viajarán miles de kilómetros para acompañar historias de amor en distintas partes del mundo.
Hoy, cuando se celebra San Valentín en países como Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Canadá y México, millones de rosas, claveles y pompones colombianos adornan cenas, propuestas y reencuentros. Detrás de cada ramo hay una historia de esfuerzo que comienza mucho antes del amanecer.
Porque el papel del floricultor es esencial: no solo cultiva flores, cultiva emociones. Cada tallo que corta representa horas de dedicación, cuidado y conocimiento técnico que convierten a Colombia en potencia mundial del sector.
Un sector que florece y sostiene al país
Según el informe “Sembrando el futuro: Sector floricultor” de BBVA Research, Colombia alcanzó en 2025 su máximo histórico de área cultivada, con más de 10.000 hectáreas y exportaciones cercanas a los 2.500 millones de dólares. Este crecimiento impulsa la economía y genera un profundo impacto social.
Durante la temporada de San Valentín, el país exporta cerca de 500 millones de flores, es decir, alrededor del 12 % de su producción anual. Solo hacia Estados Unidos viajan más de 65.000 toneladas para esta fecha especial. En total, el sector genera más de 200.000 empleos directos e indirectos y posiciona a Colombia como el segundo exportador mundial de flores, enviando el 97 % de su producción a mercados internacionales.
La producción se concentra principalmente en Cundinamarca (71 %) y Antioquia (27 %), donde miles de familias dependen de esta actividad. Las flores representan el 5,8 % del valor de la producción agropecuaria nacional y el 4,7 % de las exportaciones totales del país, consolidándose como uno de los pilares del campo colombiano.
De la tierra al mundo: el proceso detrás de cada flor
El trabajo inicia con la propagación y siembra: los trabajadores seleccionan esquejes, plántulas o bulbos y los plantan en camas preparadas y tratadas para prevenir enfermedades. Luego, las flores crecen en invernaderos bajo condiciones controladas de luz y humedad, donde el tutorado, el desbrote y la fertilización constante garantizan calidad y uniformidad.
Posteriormente, los equipos realizan un manejo fitosanitario riguroso para prevenir plagas y asegurar estándares de exportación. La cosecha se ejecuta de manera manual, cortando cada flor en su punto exacto de madurez. Después viene la poscosecha: clasificación, armado de ramos, hidratación, empaque y conservación en cadena de frío para que lleguen frescas a su destino.
Empresas como Sunshine Bouquet y Elite Flowers lideran las exportaciones, junto a cultivadores reconocidos como Flores de la Galicia y Jaroma Roses, fortaleciendo la presencia del país en mercados internacionales.
Más que flores, historias de vida
El 14 de febrero no solo celebra el amor y la amistad; también conmemora el Día Internacional de las y los Trabajadores del Sector de las Flores y Follajes. Una fecha que invita a reconocer a quienes madrugan cada día para que otros puedan expresar sus sentimientos con un ramo en las manos.
Las flores acompañan cada etapa de nuestra vida: nacimientos, grados, cumpleaños, matrimonios y despedidas. Siempre están allí, como símbolo de afecto, respeto y memoria.
Por eso, detrás de cada pétalo hay un trabajador que sembró esperanza. Detrás de cada bouquet hay una familia que depende del campo. Y detrás de cada celebración en el exterior, late el esfuerzo silencioso de miles de floricultores colombianos que, con disciplina y amor, hacen florecer al país ante el mundo.



















